lunes, 12 de noviembre de 2012

DIA 111: El proespectro

La situación era sencilla, entré en crisis cuando aquel día, tras esperar pacientemente a que la enfermera me llamara por el altavoz que resonaba en la oquedad de la sala de espera... crucé la puerta y me encontré un rostro desconocido tras el escritorio repleto de recetas, envases y bolígrafos. Sí, con absoluta rotundidad puedo sentenciar que en aquel momento, fui presa del más absorbente pánico.

Soy una persona de costumbres, me gusta sentir que la rutina es fiel compañera y vela por evitar desconciertos y situaciones inesperadas. Por eso, como cada tercer jueves del mes me encontraba reviviendo mi visita a la consulta del Dr. Puertas para recoger mi receta mensual con puntualidad. 

El Dr. Puertas era, además de un hombre serio, profesional y con gran renombre en la comunidad enferma del barrio, mi médico de cabecera desde hacía varios años. Con él había vivido momentos de salud y enfermedad, de tristeza y alegría, de riqueza y pobreza en mi lozanía... en una ocasión casi hasta la muerte nos mantuvo separados durante algunos días, los mismos que duró mi ingreso urgente en el hospital. En definitiva, el Dr. Puertas y yo teníamos una relación construida bajo los epígrafes de los botos matrimoniales, aunque él nunca lo supo.

http://80000hours.org/blog/72-how-many-lives-does-a-doctor-save

Sin embargo, en contra de todo pronóstico, aquel Jueves de Abril en el que la Primavera ya apuntaba maneras y dejaba caer su intención alérgica, mi querido Dr. Puertas no se encontraba pasando consulta. En su lugar, según me dijo la enfermera al mismo tiempo que yo cruzaba el quicio de la puerta accediendo a la pequeña habitación blanca con olor a formol, se encontraba un suplente de excelentes referencias y mayor efectividad médica.

Creí desmayar.

La enfermera me abanicaba con el listado de pacientes de la mañana... sin mucho énfasis ni determinación... debo señalar; y yo me afanaba por mantener mi oxigenación constante evitando la hiperventilación mientras reposaba tumbado en la camilla mirando al techo sin parpadear.

"Ataque de ansiedad"... creí escuchar decir a una joven voz masculina proveniente del escritorio del Dr. Puertas.

Giré, todavía tumbado, la cabeza hacia el espacio de donde provenía aquel jovial soniquete y fue entonces cuando pude verle... Dr. Alados, podía leer claramente en su inmaculado batín, bordado en letras verdes y enmarcado por un ribete hecho con minúsculas estrellas.

En ese momento, cuando notaba que otro vahído me venía encima sin benevolencia alguna, noté que la enfermera, con su brazo dolorido del abaniqueo, procedía a sujetarme enérgica y temblorosa (debido al esfuerzo previo) por la muñeca e inmediatamente me ayudaba de manera automática a sentarme en la camilla. Las piernas quedaron colgando, balanceantes, igual que mi seguridad y mi control de la situación.

"Aquí tiene su receta mensual caballero, nos vemos dentro de un mes"... y de manera artística se levantó de su acolchado asiento y me entrego en mano un trocito de papel escrito en letra ilegible. Me regaló también una sonrisa de complacencia, una mirada vivaracha y dos palmaditas en el hombro.

Bueno, la cosa no había salido tan mal en comparación con la negra expectativa por la que había sido aplastado al ver que mi querido y rutinario Dr. Puertas, por algún extraño motivo, me había dado plantón aquel Jueves de florida Primavera.

Con el papel doblado por la zona central y todavía indispuesto me dirigí a la farmacia que se encontraba frente al Centro de Salud, justamente al otro lado de la calle. La cruz de color verde parpadeaba incesante sobre la pared y el tintineo al entrar por la puerta avisó de mi llegada al farmacéutico que se concentraba haciendo el inventario y completando la lista de pedidos a proveedores.

Sin mediar palabra me entregó la mercancía, pues el Lic. Carrascosa Purga (como rezaba el frontal de la fachada de su establecimiento) sabía bien lo que venía a rescatar de sus rebosantes cajones paliativos, dado el día y la hora que era. Me gustaba aquel caballero, era monótono y previsor.

Me cobró menos de lo habitual, pero dado que el ahorro era a mi favor, no quise darle importancia y evité las preguntas incómodas. El Licenciado Carrascosa era hombre serio y de pocas palabras, cosa que yo agradecía infinitamente.

Al llegar a casa y desliar el papel traslúcido que envolvía la cajita de medicamento, sufrí mi segundo ataque de ansiedad. 

Me dejé caer sobre la encimera de la cocina... la cacharrería sin recoger del desayuno cayó al suelo provocando un estrépito ensordecedor... lo que me ayudó a retomar la conciencia y la estabilidad.

Miré de nuevo la cajita, irreconocible, pequeña y nívea, nada que ver con mi medicamento prescrito durante tantas y tantas veces... tan solo se veía en su parte frontal una carita sonriente que me miraba, intuí, con cierta malicia... recordé entonces las dos palmaditas del Dr. Alados... maldije mi capacidad para interrelacionar situaciones... y gemí, al mismo tiempo.

http://sonreirunavezmas.blogspot.com/2012/07/una-sonrisa-la-mejor-medicina.html

Era tarde y sabía que a pesar de mi enloquecedora ansiedad ya nadie podría atenderme... ni el Licenciado Carrascosa Purga ni el Dr. Alados, aunque desde luego a éste último no tenía ni ganas de verlo... seguro él había sido el causante de este embrollo tan difícil de destejer ahora para mi mente.

No tuve opción.

Recogí uno de los vasos que había rodado hasta la mitad de la cocina tras mi desvanecimiento momentáneo al desprender el papel de la farmacia... cómplice traidor que enmascaraba aquella cajita medicinal. Cartón rectangular... vil y sutil asesino de vidas controladas, rutinarias y tranquilas.

Me llené de agua el vaso que acababa de rescatar del suelo y sin pausa para respirar extraje dos pastillas circulares del endemoniado estuche.

Me fui a dormir, murmurando y maldiciendo... regodeándome de mi funesto sino en esta vida precaria y descontrolada.

Dormí a pierna suelta... aproximadamente diecinueve horas y del tirón.

Cuando desperté entraba el Sol alegre por la ventana y yo me sentía rejuvenecido, renovado y jovial. Recordaba el episodio del día anterior como una ensoñación lejana... casi de la misma manera que los último cinco años de mi vida.

El vaso de agua, medio lleno, me observaba en la mesilla reposando tranquilo junto a las pastillas y junto a aquella cajita con la cara sonriente dibujada en el frontal, de hecho la sonrisa parecía haberse alargado y en las comisuras de los labios llegaban a percibirse unas incipientes arrugas causadas por la tirantez extrema al sonreír. Me fije inmediatamente que el prospecto asomaba tímido por el lado que había dejado abierto... seguía escrupulosamente doblado. 

La curiosidad me pudo y alargué enérgico la mano, extrayendo con cuidado aquel rectangular prospecto que, sin duda alguna, concentraba en su composición química la respuesta a mi tonificación milagrosa.

Tal vez el Dr. Alados no fuera tan mal prescriptor como pensaba.

Desdoblé aquellos pliegues preconcebidos por un auténtico experto en papiroflexia y artes derivadas. Y comencé a leer, tan solo unas líneas, escritas a mano, legibles y trazadas en tinta verde... rodeadas además por un ribete hecho de minúsculas estrellitas...

"Estimado amigo, si te encuentras leyendo esto a buen seguro estarás desconcertado por tu sanación espontánea.
Disfruta de tu bienestar, pues jamás debiste haberlo extraviado.
Eres un hombre sano, fuerte y vigoroso.
Tu único mal ha sido depender de un proespectro mal recetado.
Durante años has sido diagnosticado por un mal demasiado extendido, el de la desidia y la desesperanza, y la prescripción médica más rápida fue aquella que fomentaba y engrandecía tus temores y espectros más profundos...
... has sido, tristemente, un adicto a tus propios fantasmas alimentado por proespectros que engrandecían tus miedos y decadencias.
Las pastillas no eran tu solución, querido amigo.
Hoy es el inicio de tu nueva existencia, aprovéchalo y sonríe, pues el Sol ha despuntado y la vida te espera para avanzar libre y recompuesto.
¡Bienvenido nuevamente!"

Aquella mañana queda hoy muy lejana en el tiempo. Todavía sonrío al recordarla... componiendo en la comisura de mis labios una imagen que rememora aquel dibujo en el que las líneas se extendían hasta límites insospechados en aquella boca impresa en una cajita de cartón.

Me dijeron que el Dr. Puertas se jubiló... aunque yo creo que mas bien lo jubilaron, pues la rebosante sala de espera del Centro Médico del barrio quedó vacía pocos días después de que se iniciara en pasar consulta aquel médico de extraña actuación pero efectivo resultado. Hay también quien dice que la causa de su permanente ausencia fue que probó de su propia medicina y necesitó una cura urgente anti-proespectros... en ese caso, con absoluta seguridad, podría decir que el Dr. Puertas seguro ahora vive una nueva adolescencia, de la cual su esposa, siempre con semblante serio y mustio, estará enormemente agradecida.

Ahora el barrio brilla más que nunca. Los saludos entre vecinos y los extendidos coloquios entre paseo y paseo son el cotidiano vivir. Además, es vox populi que los contenedores de papel y cartón de la esquina ya no necesitan ser vaciarlos cada semana por encontrarse al filo de la detonación a causa de una sobresaturación de cajas y proespectros. El barrio tiene mejor olor, alejado de aromas a formol y desinfectante hospitalario.

La barriada sonríe, la vida fluye y el Dr. Alados pervive en nuestros corazones y en nuestras conversaciones a pie de acera... como un revitalizador vitamínico que nos ayudó a remontar el vuelo... lejos de píldoras encadenantes a espectros invisibles que únicamente existían en nuestros abismos emocionales.

Yo aún tengo guardado el frágil papel escrito con letras verdes y ribeteado por unas tintineantes estrellas. Cada noche lo releo antes de concebir el sueño... para no olvidar nunca el poder de cicatrización terapéutica que tenemos los seres humanos con tan solo unas palabras de esperanza y aliento.

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2 comentarios:

Aldabra dijo...

ya se deberían de haber inventado "las pastillas del cariño" porque en las dosis correctas el cariño es muy efectivo.

biquiños.

Docecuarentaycinco PM dijo...

Recuerdo que hace un tiempo vi en una farmacia las "Pastillas para el dolor ajeno" y me pareció una campaña de recaudación de fondos fantástica por parte de Médicos Sin Fronteras, muy apropiada.

Y cierto, el cariño, el afecto y las buenas palabras en su dosis justas son muy efectivas.

Un beso enorme y que tengas un día maravilloso.